
Estuviste unos quince minutos esperando al imbécil de tu novio; el sol moría fatigado después de un día fatigoso y sofocante. La luz era perfecta para fotografiar. Estaba parado en mi ventana, sostenía flojamente la cámara en mis manos tratando de enfocar algo, cualquier cosa, aunque sin la esperanza de lograr algo bueno, hasta que el lente se cruzó en tu camino, presioné el botón y giraste, mientras hacia esto lo gire unas cuantas veces más; me miraste con tu sonrisa de mujer fatal y todo de ahí en adelante fue un diálogo prohibido entre tu y la cámara; yo solo era un solitario voyerista que escribía pésima poesía, adicto a las drogas fuertes, el alcohol, las películas viejas y el blues.

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